PAJARES DE LA LAMPREANA

Villa de la Tierra del Pan
 


 

El habla en Pajares de la Lampreana y en la Tierra del Pan

Por Gerardo González Calvo

Conferencia en las "VI Jornadas de la cultura tradicional de la provincia de Zamora"  (Zamora, 18-1-2008)


Hablar de nuestras hablas no es una redundancia; es un deber de justicia y de respeto a nuestros mayores y a una cultura que, si nos descuidamos, queda engullida y triturada por la inmisericorde maquinaria de la deshumanización. La aldea global sin aldeas autóctonas es un camelo y una usurpación; o peor, una manifestación atroz del imperialismo cultural que nos invade.

Diré, de antemano, que no existe en Pajares de la Lampreana y en la Tierra del Pan un habla especial, pero tiene de singular mantener vivos algunos vocablos de raigambre asturleonesa. Lingüísticamente, la Tierra del Pan, se enmarca en la raya de la zona de transición del asturleonés y más concretamente en la del castellano con restos leoneses. Lo mismo que la Tierra del Vino, Tierra de Campos, Toro y La Guareña. No pertenecemos al tan estudiado asturleonés occidental, en las comarcas de Sanabria, Aliste, Sayago y La Carballeda. Como muy bien recuerda “Furmientu” en su página WEB, estas hablas merecieron el calificativo de dialecto leonés que les confirió hace ahora 100 años el injustamente olvidado Ramón Menéndez Pidal, el creador de la escuela filológica española; lo admiró profundamente el filólogo alemán Fritz Krüger –tan vinculado a las tierras sanabresas–, desde que le conoció en Madrid en 1912, cuando Menéndez Pidal dirigía el Centro de Estudios Históricos.

Hay muchos estudios lingüísticos, con trabajos de campo incluidos, sobre las hablas en las zonas zamoranas de Aliste, Toro, Sayago, Sanabria y Benavente. Resalto, a modo de ejemplo, el trabajo magnífico de Juan Carlos González Ferrero. No se había indagado, que yo sepa, en la zamoranísima comarca de la Tierra del Pan. Tampoco se han vinculado las palabras a realidades sociológicas y etnográficas. Y son muy escasos, por no decir nulos, los trabajos que incorporan expresiones coloquiales, que es donde la lengua manifiesta su versatilidad y su riqueza. Concha Espina, en su magnífica novela La esfinge maragata, eleva el léxico leonés a literatura universal.

Como no soy lingüista, sino periodista, no me propuse, en principio, estudiar el habla de la zona, sino recopilar algunas palabras y expresiones coloquiales. La investigación o análisis sobrevino después.

Por eso, ­mi libro Palabras y expresiones coloquiales. Pajares de a Lampreana (Zamora) es el resultado de dos métodos de trabajo:

 1. Recogida de palabras y expresiones oídas en el pueblo a partir de 1964. Empecé haciéndolo por curiosidad, sin pretender realizar ninguna investigación. Entre otras razones, porque mi actividad profesional se ha volcado en el periodismo, que es mi oficio; y un periodismo muy singular, especializado en África. He pronunciado muchas conferencias en varias universidades españolas, pero siempre sobre la problemática africana. He escrito más de un millar de artículos, pero la gran mayoría sobre temas africanos. Hoy es la primera vez que hablo de lengua.

A mediados de los años ochenta me di cuenta de que tenía un buen ramillete de palabras y me puse, en ratos libres, a organizarlas e investigarlas.

 2. Largas conversaciones con informantes: personas mayores (la Sra. Cipriana y la Sra. Baudilia, mi madre, en particular) y otras de mi edad, más o menos, en especial Francisco Salvador (Melichón), José Cuerdo (Joseras), Orencio Temprano, Francisco Gómez (maestro natural de Pajares), etc. Con algunas personas, como Melichón, me he pasado muchas horas contrastando palabras.

 El libro Palabras y expresiones coloquiales. Pajares de a Lampreana (Zamora) se publicó en el año 2000 y tiene 270 páginas. Ni que decir tiene que fue una autoedición, pagada de mi bolsillo; Semuret puso el ISBN y siempre estaré muy agradecido a Luis González. Tuve que dedicarme a distribuirlo en Pajares y pueblos de alrededor, como Manganeses y Villalba. Semuret vendió bastantes libros. Confieso que el esfuerzo mereció la pena. Se agotó muy pronto la edición de 1.000 ejemplares. Creo que en Pajares lo tienen todas las familias. He seguido y sigo investigando: hoy anda por las 600 páginas. He dado entrada a más de 2.809 palabras (el doble que en el año 2000), 360 refranes y algo más de 900 expresiones coloquiales. Los refranes están tomados sobre todo del maestro Gonzalo Correas y de Rodríguez Marín; con ellos quedan autorizadas algunas de las palabras recogidas.

En esta nueva obra, todavía inédita, incorporo léxicos de otras provincias y comarcas españolas: he manejado hasta ahora 19 diccionarios generales (Real Academia, Covarrubias, Autoridades, Corominas, María Moliner, Manuel Seco, etc.) y 40 diccionarios regionales o dialectales: desde Murcia hasta Palencia y Navarra. Es bueno, a pesar de algunos muchos fallos y estar mal editado, el Diccionario de las hablas leonesas de Eugenio Miguélez; aunque se subtitula León, Zamora Salamanca, de Zamora, hay muy poco. Me da la impresión de que es una recopilación de otros trabajos. Asimismo, autorizo algunas palabras con fuentes de al menos 40 autores: desde el Arcipreste de Hita hasta Fernando de Rojas, Delibes, Cela, Pedro Álvarez, etc.

He comprobado que hay léxicos de todas las clases y categorías; la mayoría de ellos son una recopilación de palabras más o menos exactas, pero sin contrastar con el DRAE ni con otros diccionarios. Son, de todos modos, muy útiles.

 Método de trabajo

 Cada una de las palabras que recojo la contrasto con los diccionarios más solventes: el DRAE, Sebastián de Covarrubias, Autoridades, Joan Corominas, R. J. Cuervo, María Moliner, Manuel Seco, etc. Eso me permite observar en ocasiones la evolución de la palabra. Por ejemplo, en Pajares decimos “muradal” y Corominas explica que primero se dijo “muradal” (fuera del muro) y después “muladar”. Tengo que agradecer también a Corominas que me descubriera a un gran zamorano como Cesáreo Fernández Duro, al que cita al hablar de términos zamoranos, concretamente el tomo IV de su obra Memorias históricas de la ciudad de Zamora, su provincia y obispado.

Además de los diccionarios y léxicos, he releído a nuestros mejores escritores antiguos, clásicos y modernos: desde Berceo y el Arcipreste de Hita hasta Fernando de Rojas, Quevedo, Lope de Vega, Cervantes, Claudio Rodríguez, Miguel Delibes... Documento algunas palabras con textos de estos escritores. Y, como dije antes, he leído muchos refranes recogidos por Gonzalo Correas y Rodríguez Marín.

No me limitado al análisis de las palabras; me he ocupado también de lo que podríamos llamar etnografía y sociología: usos, costumbres, tareas... relacionadas con los vocablos. Por ejemplo, corrobla, miaja, ballato, antón, antruejo, arrosiar, abaliar...

 En abaliar digo: Quitar con una escoba las pajas gordas o granzas del peje después de limpiar a biendo. En Asturias: “baliar” y “balexar”. En Yecla (Murcia): “balear”, aventar el brasero.

El DRAE en “balear” 2 remite a “abalear”, con el mismo significado.

Dice un refrán: “El trigo bien abaleado y mal espolvoreado”. Abaliar constituía, junto con la trilla, una de las pocas labores que hacían las mujeres en la era. La mujer de la Tierra del Pan apenas participaba en las tareas agrícolas. Las más humildes dedicaban algún tiempo a respigar y a segar, sobre todo los garbanzos. Otras ayudaban a atropar.

 Otro ejemplo:

Faja. Tira de tela o de tejido de punto de algodón, lana o seda que se ajustan los hombres alrededor de la cintura.

En la Tierra del Pan casi todos los hombres llevaban este tipo de faja; bajo ella algunos ponían el moquero, la petaca, la navaja y hasta un barril aplastado con vino o aguardiente. Cuenta Gerald Brenan en Al sur de Granada que los hombres alpujarreños llevaban la cuchara en la faja.

La faja era tan larga que daba varias vueltas a la cintura. No se entendería muy bien el refrán: “Al barrigón no le vale la faja”. Diego Ruiz Marín recoge en Vocabulario de las hablas murcianas esta coplilla: “El apargate encintao, / en la cintura la faja / y dentro d’ella las artes, / el moquero y la petaca”. Las artes son el conjunto de eslabón, pedernal y yesca para hacer fuego o chiscar. 

 Otra aportación de la que me siento especialmente satisfecho es la recogida de expresiones coloquiales, una tarea poco usual, porque exige mucha paciencia y atención, pero reveladora de la versatilidad del lenguaje en la Tierra del Pan. Por ejemplo:

A buen sitio fue a poner la parva [o la era]: no sabía con quién se la estaba jugando.

A comuelgo: que rebasa el lleno.

¿A dónde vas a echarla?: ¿qué vas a hacer?

A qué asunto: de ninguna manera.

A zurrón tira el nombre: cuando no se acierta pero se dice algo parecido.

Ahora sique: extrañeza ante algo, como replicando: ”ahora me vienes con ésas”.

También sique: para indicar a alguien que no se atreverá a hacer lo que ha dicho.

Buena jera: llevarse bien.

Canguingos en un palo: nada de nada.

Cómo arrosia: calentar mucho el sol.

¡Con un cacho!: para reafirmar lo que ha dicho otro, en frases comparativas.

Dejar las puertas espalancadas: abiertas de par en par.

En gordo: gran cantidad.

En pago: mala correspondencia a un favor o servicio.

En tiempo mores: que sucedió hace mucho tiempo.

Eres más tonto que no sé qué me diga: reafirmación de testarudo y también de regañina complaciente; es una frase que emplean las mujeres.

Ése caga estrecho: persona áspera y bruta.

Está pleadico: mimado en exceso.

Estar a la vela María: a dos velas, sin nada.

Hacer el lagarejo: restregar con uvas la cara o las partes pudendas del hombre o de la mujer durante la vendimia.

Hacer sampedro o San Pedro: dejar de trabajar en casa del amo antes de que termine el tiempo ajustado.

Ir a la peña La marola: arruinarse, perderse.

Ir a peto: ir ex profeso.

Juntar los chalecos: avenencia y buena armonía; compartir las meriendas o corroblas.

Pos luego: ¿cómo no?

 

Observaciones generales

 En la Tierra del Pan se conservan palabras –recogidas en el DRAE– ignoradas en las grandes ciudades, y no me refiero a los clásicos vocablos vinculados a las tareas agrícolas. Obviamente, en mi diccionario se recogen muchas palabras ya en desuso por la mayoría de la población joven. Eludo la mayoría de los vulgarismos más conocidos en el habla de todos los pueblos.

He aquí algunas peculiaridades del habla en esta comarca, muchas de ellas propias del antiguo dialecto leonés:

 –Se antepone la “a” (la llamada a- protética) en bastantes verbos: acambizar-cambizar; acribar-cribar; asobradar-sobradar; arrodear-rodear.

–Se emplea de forma generalizada quedar por dejar. “¿Dónde quedaste la chaqueta?”

–“Es” tiene en muchos verbos un sentido de separación –bastante habitual en otras zonas zamoranas y leonesas–, como esterronar, esformigar, esbarroncar, escabezar, esparramar. En estos casos y otros muchos se emplea “es” por “des”.

–Se usa fácilmente “e” por “i” ( vacear: se dice también vaciar) y por “a”, como ceranda por zaranda.

–Se suele decir “del “por “desde el”: “del prao pacá” (desde el prado para acá o hasta aquí). Son frecuentes las aglutinaciones de esta naturaleza en “pol” en vez de “por el”, “pal” en vez de “para el”. Y los apócopes: “ca” en vez de “casa”, “to” en vez de “todo” (“a to meter”), “na” en vez de “nada”, mu” en vez de “muy”...

–Se antepone la preposición “en” en algunos gerundios, para significar la acción inmediata: en llegando (al llegar, mientras está ya llegando, en cuanto llegue), genuina expresión castellana, como se puede comprobar en los romances épicos.

–Es común el empleo del verbo caer como transitivo; así se dice “caíste el aceite” en vez de “se te cayó el aceite”. Este mismo verbo lo emplea también Claudio Rodríguez como transitivo en Don de la ebriedad: ... “porque no sólo el viento las cae...”; en este caso, se refiere a las hojas.

“Yo” por “a mí”. “Yo con veinte no me bastan”, se dice en una copla popular.

–“Sentir” por oír, en expresiones como “no sentí las campanas”, en vez de “no oí las campanas”.

–Algunas personas siguen empleando el artículo delante del posesivo “mi”: por ejemplo, “la mi casa”, “las mis mantas”.

Esta construcción es muy frecuente en la Edad Media y en los romances; baste como ejemplo el recogido por Ramón Menéndez Pidal en Flor nueva de romances viejos:

“...Aquí, aquí, los mis doscientos,

los que comedes mi pan...”

 –Es bastante común el uso de la muletilla “¿oyes?” en las conversaciones, para reafirmar lo que se dice.

–Son muy frecuentes los diminutivos terminados en “ico”: ajico, majico, tempranico, pequeñico, zapatico, menudico, guerrica, agustico, etc. Es muy habitual entre las mujeres de La Lampreana esta exclamación: “Jesús, reinica soberana”.

Ya recoge esta modalidad Fernández Duro, quien dice de ico, ica: “terminaciones generales de los diminutivos”. ¿Influencia aragonesa? El profesor y catedrático de Lengua, el zamorano de Algodre José Fradejas Lebrero, cree que sí. De todos modos, en el famoso Bolero de Algodre se dice:

  “...El que baile bolero

tenga cuidado,

ay, ay, ay.

Tenga cuidado

que al tercer cantarcico

salada y olé

sea bien pagado”.

 Asimismo, aparecen estos diminutivos en muchos romances castellanos. En el Romance de la linda Melisenda se dice, por ejemplo:

 “...mis dientes tan menudicos,

menudos como la sal...”

 En el romance Canción de una gentil dama y un rústico pastor se dice:

 “El cuello tengo de garza,

los ojos de un esparver,

las teticas agudicas,

que el brial quieren romper...”

 

–Es poco habitual el empleo del yeísmo, es decir, pronunciar la <ll> con sonido de <y>. En Pajares de la Lampreana sólo he oído ”puya” y no pulla. Sí es habitual, como en otras partes, decir yerba y yelo, palabras que transcribe así Cervantes.

 –No se emplea el laísmo contumaz de Miguel Delibes.

 Quiero traer a colación dos palabras de rancio sabor asturleonés:

 1. Forfajas.

Así llamamos en Pajares de la Lampreana a las migajas del pan. En Sanabria: “faragulla”, “faisca”, “furgalla”. En Aliste: “faramuga”, “furfaya”. En Matilla La Seca: “forfalla”. En Asturias: “faraguya”, “faruga” y “faruya”. En gallego: “faragullas”. En algunas comarcas de León: “faragallo”.

Corom. recoge “fórfolas”, “farfalhas” en portugués (Tras os Montes), con significado de limaduras. Subraya que en Miranda de Duero (Portugal) “forfalhicas” significa migajas de pan. En Torres del Carrizal “morfajas”. Tengo registrados 10 pueblos zamoranos en donde se dice forfajas: Arquillinos, Castronuevo, Manzanal del Barco, Montamarta, Pajares de la Lampreana, Villalba de la Lampreana, Manganeses de la Lampreana (alguno dice “forfayas”), Piedrahita de Castro, San Cebrián de Castro, y Villarrín de Campos. Se dice en un proverbio mirandés: “Las forfalhicas del cerrón / pa la tarde buonas son”.

Sin embargo, se dice esformigar: hacer muchas forfajas, al partir el pan. En Asturias: “esfaraguyar”, “esferugar”. En Babia y Laciana: “esfaraguchar”, desmenuzar. En Cuenca: “esmorollar”.

 De forfajas deriva la palabra forfajo, especie de bollo que se elabora con los restos de los coscarones, migas de pan, azúcar o miel, higos y trozos de manzana.

  2. Arrosiar.

Calentar el horno antes de meter el pan para cocerlo. 2. Fig. Cómo arrosia, cuando calienta mucho el sol. En Asturias: “arroxar”, que también significa “enrojecer un cuerpo o la piel humana”.  En varias comarcas leonesas se emplean los verbos “arroisar”, “arroixar”, “arrosar”, “arruisar”, “arroxar”; en El Bierzo, “arrosiar”. En Tierra de Campos: “enrosiar”, “rosiar”, “hornar”.

El DRAE recoge “arrojar”, (de “a” y “rojo”, Asturias), calentar el horno hasta enrojecerlo.

Fernández Duro define “rosear” como calentar el horno.

Conseguir el punto de calor del horno era la clave para una buena cocción del pan. Cuando se hacían bollos, se metía un papel en el horno y debía ponerse tostado; si se encendía, había que dejarlo enfriar. Se solía hacer una cruz en la pared del horno para que saliera bien el pan. El empleo de la cruz era muy generalizado en ésta y en otras actividades. Al cubrir con barro las cubas de vino después de la fermentación se hacía –y se sigue haciendo– una cruz. Lo he podido comprobar en una bodega de Pajares de la Lampreana en el verano de 2000. Al preguntar a mi buen amigo Isidoro por qué hacía la cruz, su respuesta fue: “Para que cure bien el vino”.

Cuenta Juan Manuel Rodríguez en El ciclo del pan en un municipio sanabrés [se trata de Terroso] que para unos hacer una cruz en la masa del pan antes de taparla con una sábana era un signo religioso y para otros una señal que delataba cuando estaba venida la masa. Recoge estas citas: “...y hacerle una cruz, una crucecita, para las brujas. Aquí se decía: San Juan te haga pan y San Joaquín te acreciente”. “...la masa se viene cuando se deshacen las cruces”. Esta última razón se da en otras zonas.

 

Algunas palabras que debería incorporar el DRAE

 

Creo que el DRAE debería dar entrada a algunas palabras de uso común en la Tierra del Pan e incluso en la Tierra de Campos:

 acochar,

arrollón,

arroñarse,

arrosiar, 

asnales,

asobradar,

brata,

crico,

criquero,

marranero,

etc.

 y recoger nuevas acepciones de otras:

 barrila,

botija,

cebadera,

chichas,

herrada,

parva,

respingar...

 No es mi intención recuperar ni reivindicar un léxico, entre otras razones porque no soy ni político ni lingüista, sino periodista. El propósito es mucho más sencillo: contribuir a hacer realidad el sueño de Cesáreo Fernández Duro en Memorias históricas de la ciudad de Zamora, su provincia y obispado: “Recopilar esas palabras que desaparecerán al cabo, y formar el diccionario provincial, sería tarea de interés, aunque exija atención y prolija visita de los pueblos en que la conversación las sazona”.

Gerhard Rohles habla en Estudios sobre el léxico románico de la estrecha vinculación de la lengua con el desarrollo espiritual de la humanidad; la historia lingüística es una parte integrante de la ciencia cultural. Sin la cultura popular y su lenguaje peculiar no podríamos saborear los magníficos poemas de Claudio Rodríguez, como tampoco se hubieran escrito La Celestina ni Don Quijote. La lengua nace en el pueblo, la acrisolan los escritores y la sancionan los académicos. Por este orden.

Hay que seguir recopilando y estudiando las hablas zamoranas, para que no caigan en el olvido palabras del pasado reciente. Inevitablemente, algunas palabras ya no se pronuncian, porque desapareció el objeto significante, por ejemplo, en el caso de los aperos. Pero, muchas palabras zamorano-leonesas pueden y deben devolver al castellano su tersura y enjundia. Pedro Álvarez ha empleado en Nasa y en El vivir humilde el castellano zamorano con gran soltura y belleza literaria, como empleó el leonés más puro, como señalé al principio, la santanderina Concha Espina en su magnífica novela La esfinge maragata.

Creo que sería de justicia que alguna vez se hiciera un homenaje a Pedro Álvarez y su obra, muy peculiar desde el punto de vista del habla en la Tierra del Pan.